
Un frío viernes todo acabó. O mejor dicho, todo empezó. Me desperté, al sentir como caía una gota de agua tras otra sobre mi cara y al predecir que la débil llovizna se transformaría en un chaparrón potente, desperté al Señor Manger y nos ubicamos debajo del árbol más grande de la plaza.
Allí permanecimos durante varias horas esperando a que las nubes que azotaban a la ciudad, se alejen. Y ellas se escaparon caprichosamente hacia el sur, llegado el mediodía.
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