martes, 20 de octubre de 2009


El médico no contestó mi pregunta, pero respondió con variados insultos hacia mi persona. Yo, que estaba conteniendo la furia hasta aquel momento, sentí que el médico me estaba faltando el respeto y con un rápido movimiento lo tomé del cuello.
Segundos luego, el rostro del señor Gómez tomó un color muy morado y tuve miedo de matarlo. Decidí soltarlo y él cayó al suelo casi desvanecido. Pero seguramente, con las últimas fuerzas que le quedaban en aquel momento, accionó la alarma de su controlador y más de 15 médicos ingresaron rápidamente.
Recuerdo que uno me tomó del cuello. Otros tantos sostuvieron mis inquietos pies y mis manos. Para finalizar aquel ataque de locura que me invadió cuando Gómez me faltó el respeto, me inyectaron un calmante muy fuerte gracias al cual dormí por más de 4 días.
El día que desperté estuve casi sin campo visual por acción de una de las tantas drogas que seguramente me inyectaron mientras dormía. Para suerte mía, la tristeza que atrofiaba mi mente aquella tarde fue evadida en cierta parte, por la inesperada visita de la psicóloga.

No hay comentarios:

Publicar un comentario