Los días eran largos y dolorosos en aquella tierra plagada de sangre y muertos. Las noches no eran noches, sino un sinfín de miedos provocados por los constantes ataques tronistas. Desde hace más de 300 años se disputa una guerra que parece no tener fin, una guerra sin vencedores ni vencidos, pues ambos bandos van a terminar en un empate técnico sin lugar a duda. Con miles de millones de muertos sepultados, se sembrarán nuevas historias y anécdotas acerca de aquellos sobrevivientesque resistieron al paso del tiempo, y al filo de las espadas. Y aquellos muertos sepultados o perdidos en las tinieblas, resucitaránpara volver a vivir la vida que la ambición de unos pocos les quitó, la vida que les robó la muerte. Mientras las dolidas almas recorren todo Blaco recordando a los muertos y sembrando más muertes, en la tierra se desatan desastres sobrenaturales que parecen no tener fin.
Un frío viernes todo acabó. O mejor dicho, todo empezó. Me desperté, al sentir como caía una gota de agua tras otra sobre mi cara y al predecir que la débil llovizna se transformaría en un chaparrón potente, desperté al Señor Manger y nos ubicamos debajo del árbol más grande de la plaza. Allí permanecimos durante varias horas esperando a que las nubes que azotaban a la ciudad, se alejen. Y ellas se escaparon caprichosamente hacia el sur, llegado el mediodía.
Los días eran calmos y solitarios durante el invierno. La oscuridad de la noche solía permanecer durante varias horas en lo ancho del cielo y la tenue luz de la luna, era lo único que se observaba en aquel firmamento cargado de naturaleza. En ese pueblo, más de un centenar de personas dormían llegada la media noche. Un pájaro de mal augurio se posó tranquilo en una de las tantas ventanas de la casa del señor Bondafondo y pudo observar, como Julieta se ahogaba en lágrimas. Rato después y bajo la atente mirada del ave, entró en la habitación una mujer bastante robusta. -¿Qué es lo que te pasa?-Le preguntó. -Mi marido me está engañando con alguien-Contestó, y siguió llorando por varios minutos.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Y no oiras mi voz susurrándote al oído, ni sentirás mi piel como parte de tu cuerpo.
Quiero que sepas que aún en las tinieblas te haria compañia;
Eres mi luz, y en mi vida...el sostén de cada día. ♪
Prisionero del resentimiento
Termino así esta poesía.
Intentando expresar lo que siento
Por ti, amada mía.
Podría decirles que todo lo que conté fueron puras patrañas, pero crean que yo no miento.Crean también, que no escribo porque me gusta, ni tampoco porque no tengo nada que hacer. Escribo pues el cáncer de pulmón que le quita fuerza a mi vida me ha quitado a mí la voz, y quiero que mimemoria sea recordada, aunque sea por unas pocas personas.+
Federico Ruzquez.
martes, 20 de octubre de 2009
Me abrazó cariñosamente y besó mi rostro, cuando del suyo lloraban lágrimas melancólicas
Me abrazó y beso mi rostro No hizo falta llorar; ella lo hizo por mi
El médico no contestó mi pregunta, pero respondió con variados insultos hacia mi persona. Yo, que estaba conteniendo la furia hasta aquel momento, sentí que el médico me estaba faltando el respeto y con un rápido movimiento lo tomé del cuello. Segundos luego, el rostro del señor Gómez tomó un color muy morado y tuve miedo de matarlo. Decidí soltarlo y él cayó al suelo casi desvanecido. Pero seguramente, con las últimas fuerzas que le quedaban en aquel momento, accionó la alarma de su controlador y más de 15 médicos ingresaron rápidamente. Recuerdo que uno me tomó del cuello. Otros tantos sostuvieron mis inquietos pies y mis manos. Para finalizar aquel ataque de locura que me invadió cuando Gómez me faltó el respeto, me inyectaron un calmante muy fuerte gracias al cual dormí por más de 4 días. El día que desperté estuve casi sin campo visual por acción de una de las tantas drogas que seguramente me inyectaron mientras dormía. Para suerte mía, la tristeza que atrofiaba mi mente aquella tarde fue evadida en cierta parte, por la inesperada visita de la psicóloga.
lunes, 19 de octubre de 2009
Dejé el sobre debajo de la almohada, y me levanté lentamente para sacar de la puerta la cerradura. Recuerdo que volví a acostarme acompañado por una lágrima que caía suavemente de mi rostro, y pensé durante un rato largo. Supe que ese expediente, obviamente era mío. Según los médicos, yo me encontraba en un estado de nerviosismo y tenía comportamientos bastante anormales. Si seguía actuando así, me mandarían a un internado de locos y puedo asegurarles, que una vez que se entra no se sale.
Tenía varias formas de remediar aquel futuro próximo que podía atacarme en cualquier momento. La opción más factible, era cambiar mi forma de ser y mutar en una persona digna de vivir en sociedad, dejando de lado mis creencias y mis principios psicópatas.
Pero, cuando analizaba como realizar y comenzar con ese cambio, recordé que siempre mi padre me dijo que un hombre se forja por sus principios, y no por su aceptación pública. ¿Para qué cambiar, si era feliz siendo así? Si aceptaba las consecuencias de mi personalidad, terminaría internado en un psiquiátrico con gente demente, loca y/o asesina.
Les mentiría si digo, que aquella conclusión no influyó en la otra alternativa que tenía para no terminar internado en un loquero.
Había una manera, gracias a la cual podría seguir manteniendo mis creencias y mis locuras, sin terminar internado en un hospital especial.
Tenía la chance de escaparme del hospital en el que me encontraba, y volver a vivir en la calle. Era una alternativa peligrosa y difícil, pero alternativa al fin.