Dejé el sobre debajo de la almohada, y me levanté lentamente para sacar de la puerta la cerradura. Recuerdo que volví a acostarme acompañado por una lágrima que caía suavemente de mi rostro, y pensé durante un rato largo. Supe que ese expediente, obviamente era mío. Según los médicos, yo me encontraba en un estado de nerviosismo y tenía comportamientos bastante anormales. Si seguía actuando así, me mandarían a un internado de locos y puedo asegurarles, que una vez que se entra no se sale.
Tenía varias formas de remediar aquel futuro próximo que podía atacarme en cualquier momento. La opción más factible, era cambiar mi forma de ser y mutar en una persona digna de vivir en sociedad, dejando de lado mis creencias y mis principios psicópatas.
Pero, cuando analizaba como realizar y comenzar con ese cambio, recordé que siempre mi padre me dijo que un hombre se forja por sus principios, y no por su aceptación pública. ¿Para qué cambiar, si era feliz siendo así? Si aceptaba las consecuencias de mi personalidad, terminaría internado en un psiquiátrico con gente demente, loca y/o asesina.
Les mentiría si digo, que aquella conclusión no influyó en la otra alternativa que tenía para no terminar internado en un loquero.
Había una manera, gracias a la cual podría seguir manteniendo mis creencias y mis locuras, sin terminar internado en un hospital especial.
Tenía la chance de escaparme del hospital en el que me encontraba, y volver a vivir en la calle. Era una alternativa peligrosa y difícil, pero alternativa al fin.
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