domingo, 6 de diciembre de 2009

pero hay una cosa, que no vas a lograr...
y es hacer negocios con la necesidad.




















Un enorme árbol se encontró delante de ellos. Tenía aproximadamente 190 metros de altura y sus hojas eran tan grandes, que casi llegaban a tocar el suelo.

-Aquí es-Dijo aliviada.

Se acercaron al tronco. Julieta apoyó su mano en la rústica madera y sobre la misma, se formó una especie de compuerta.

Ingresaron rápidamente y el tronco volvió a ocultar ese pasadizo.

-Bienvenidos a La Lucila.

Estaban dentro del árbol, quien escondía un gran secreto: Una ciudad. Allí vivía la comunidad del bosque muerto que no se había exiliado a otras tierras, cuando comenzaron las batallas por el territorio fronterizo.

-¿Los revolucionarios no pueden ingresar aquí?-Preguntó Omar con algo de susto.

-Nadie conoce nuestra ciudad, y aquí pueden ingresar solamente personas puras. Ellos son seres impuros, llenos de maldad y odio. No pueden… y no quieren ingresar aquí-Aclaró-. Así que estén tranquilos, que nadie les hará daño mientras estén en La Lucila. Los llevaré con el gobernador de esta ciudad, se sentirá muy contento al saber que recibió la visita de los nuevos príncipes de estas tierras.

Caminaron por calles de tierras bajo la atenta mirada de los pobladores de la Lucila, quienes susurraban por lo bajo.

Ingresaron en el edificio más grande de toda la ciudad y subieron escaleras hasta llegar al 6to y último piso.

Sobre las paredes del salón en el que estaban había centenares de cuadros y escritos. Julieta fue la primera en acercarse al gobernador, el señor Lasofft. Le dijo algo en el oído y él levantó la mirada rápidamente.

Era un hombre bastante joven, de ojos marrones y cabello color ceniza. Vestía con una túnica púrpura muy bonita.

El señor Lasofft se acercó a los jóvenes y los saludó muy cordialmente. Sus ojos parecieron iluminarse cuando observó a Omar.

-Bienvenidos a La Lucila. Espero que se sientan cómodos… quiero que estén cómodos aquí, en mi ciudad. No estarán acostumbrados a estas sorpresas en la tierra, pero les aseguro que allí también hay ciudades subterráneas y ocultas, incluso más grandes que estas… y hasta con ejército propio. Nosotros no tenemos ejercito aquí… no lo necesitamos. Estén tranquilos y siéntanse seguros, los tronistas no pueden ingresar a la Lucila, se los aseguro. Estoy muy contento de que ustedes estén aquí y a la vez orgulloso en ser uno de los primeros en darles la bienvenida a Blaco. Príncipes, ustedes son nuestra nueva esperanza. Creo que me estoy yendo por las ramas. Vengan… síganme, los llevaré al salón principal.

El salón principal de aquel establecimiento estaba ubicado en el tercer piso. Bajaron escaleras, caminaron por pasillos y llegaron a él minutos luego. Era un ambiente grande y estaba decorado magníficamente. Había varias ventanas por las cuales se podía observar la ciudad.

-Vamos, siéntanse-Les dijo el señor Lasoff, señalando a la mesa de roble que estaba en uno de los costados del salón.

Y se sentaron. Permanecieron allí un largo rato hablando con el señor Lassoff y con Julieta, quienes le contaron anécdotas e historias muy interesantes acerca de su pueblo. En la Lucila no había día y noche pues ni el sol ni la luna, llegaban a iluminarlos dentro del árbol. Determinaban los tiempos de sueño y de trabajo por intermedio de un reloj, que establecía la misma hora en toda la ciudad.

Cenaron rato después en el salón principal acompañados por dos guardias del establecimiento.

Tyler y Sebastián sintieron mucho sueño llegada las 12 de la noche.

-Acompáñalos a sus habitaciones, por favor-Le dijo el señor Lasofft a Julieta.

Se volvió a Omar.

-¿Vos tenes sueño?

-Todavía no, señor. Pero si quiere me voy a acostar con mis amigos… así usted está tranquilo.

El señor Lasofft largó una feroz pero amistosa carcajada y lo miró con aprecio. Luego, le dijo:

-Estoy demasiado tranquilo y dudo que pueda sentir más tranquilidad de la que siento en este momento. Quédate, por favor… así de paso nos conocemos un poco mejor.

Julieta acompañó a Tyler y a Sebastián a sus habitaciones.

-¿Tenes hijos?-Preguntó Omar, intentando romper el hielo.

El señor Lasofft asintió.

-Tengo dos. Ambos son niños, pequeños. Adrix tiene 8 y Tomás 11. Ellos viven aquí, en La Lucila… supongo que ahora deben estar durmiendo cada uno en su cama, si es que mi esposa no les pidió que duerman con ella. Se siente muy sola cuando yo tengo que quedarme aquí trabajando... me da pena.




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