Frío de Otoño. La luna permaneció callada aquella noche. Graciela se acostó ya de madrugada y puedo conciliar el sueño un rato después, luego de intentar acomodar sus ideas.
El viento golpeó varias veces los vidrios de la ventana de Omar, pero el niño no despertó. Los primeros rayos del sol se proyectaron sobre la ciudad llegada las 6:30 de la mañana. Horas después, Omar se despertó tras oír sonar su despertador. El reloj marcaba las 9:31; en un rato lo iría a buscar su abuelo.
En la media hora que lo separaba de la llegada de Oscar, tenía muchas cosas que hacer. Atinó a abandonar rápidamente la cama y, con el bolso a cuestas, bajó las escaleras minutos después.
Vio a su madre sentada en una de las sillas de la cocina, tomándose la cabeza y suspirando. Ingresó al ambiente titubeando y se acercó a ella.
-¿Te pasa algo, mamá?-Preguntó con voz entre cortada.
Graciela levantó la vista y observó a su hijo. Estaba más pálida de lo normal, y grandes ojeras dominaban su rostro.
-No, no me pasa nada. Tengo mucho sueño y eso me tiene a mal traer- Dijo-. Ahora bien, Omar. Quiero que te cuides mucho en la quinta de tu abuelo. El lugar es grande y el bosque que está ahí.
Hubo una pausa. Graciela llenó sus pulmones de aire, suspiró y prosiguió luego:
-Ese bosque es muy grande, Omar, y siempre le tuve temor. Por favor, no ingreses a él. Podrías perderte. Divertite mucho, pero quiero que te cuides- Le comentó a modo de consejo.
-Yo, mamá… me voy a cuidar. Te lo prometo.
Omar observó como una sublime lágrima resbalaba por el rostro de su madre y, aunque decidió no preguntarle nada mas, supo que algo le ocurría, algo ajeno al cansancio que llevaba acumulado.
jueves, 17 de diciembre de 2009
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